Siempre me gustó comparar la compra de un vino con la compra de un libro. Adquirir un libro puede ser producto de muchas cosas. Por ejemplo: estabas leyendo una revista y encontraste una buena crítica sobre tal autor; te encontraste con un amigo y te sugirió tal título; estabas leyendo una nota y el periodista citó un párrafo del escritor o bien entraste a una librería y compraste el que seguramente no pensabas llevar; porque estaba más a mano, sobre las mesas que están a la entrada (que es más cómodo que andar con la cabeza torcida tratando de leer los lomos). Leíste el comentario de la contratapa y te cerró la compra.
En el caso del vino las situaciones son similares aunque la mayoría de las veces caemos a la góndola y la verdad que uno, que sabe poco, no sabe para dónde disparar. Y es ahí cuando empezás a recordar el que compraste la última vez; el que tomaste en casa de alguien; o lisa y llanamente el que tiene el precio que estabas buscando y que tiene la imagen adecuada para no quedar como un ratón si tenés que llevarlo a una cena o tenés que sacarlo para cuando llegan algunos amigos a casa.
En cuanto a los clientes sucede lo mismo que con nuestra mentada bebida. Están los lectores avezados que no se fijan en la lista de los “más vendidos” y a quienes las editoriales no le pueden vender cualquier verdura. Del otro lado están los “conocedores” a quienes los puntajes de los posta-posta-wine-reviews-master-no sé cuanto no le hacen ni mu. Porque el tipo Sabe Harto. Pero bien, después de estas dos figuritas difíciles vienen los que creen que saben. Son un montón. Pero muchos eh. A este grupo le apuntan todos los cañones de la armada publicitaria. Un fuego amigo se abate sobre ellos para hacerlos sentir que serán muy cultivados leyendo tal autor o degustando tal vino. Son carne de cursos de degustación o talleres literarios. Pero finalmente están los sinceros. Los que dicen “leo a Borges y me conformo con entender el 10% de lo que dice” o “percibo sólo olor a vino pero soy feliz porque lo disfruto con amigos y a veces lo sodeo mal”. Es el grupo de los sinceros sobre los que también la armada marketinera se abate sin piedad. La diferencia está en la autenticidad con que enfrentan el “saber” o “no saber”. Autenticidad, un atributo de un bando y de otro (de producto).
Juan Filloy es un escritor cordobés que vivió en El Imperio (Río Cuarto). Falleció en el 2001 a la edad de 105 años. Según los expertos todavía no ocupa el lugar que debería tener por la riqueza de su obra. Pero lo tendrá, auguran. ¿Qué tiene que ver esto último con el vino? “Filloy se caracterizaba por su vida metódica: se levantaba con el alba; fumó cuatro pipas diarias hasta los 85 años y bebió media botella de vino con cada almuerzo y cada cena (…)” según cuenta Mempo Giardinelli en su reciente libro “Volver a Leer”.
Deben haber tantos títulos de libros como etiquetas de vino. ¿Qué apostamos?
Libros y vinos
Siempre me gustó comparar la compra de un vino con la compra de un libro. Adquirir un libro puede ser producto de muchas cosas. Por ejemplo: estabas leyendo una revista y encontraste una buena crítica sobre tal autor; te encontraste con un amigo y te sugirió tal título; estabas leyendo una nota y el periodista citó un párrafo del escritor o bien entraste a una librería y compraste el que seguramente no pensabas llevar; porque estaba más a mano, sobre las mesas que están a la entrada (que es más cómodo que andar con la cabeza torcida tratando de leer los lomos). Leíste el comentario de la contratapa y te cerró la compra.
En el caso del vino las situaciones son similares aunque la mayoría de las veces caemos a la góndola y la verdad que uno, que sabe poco, no sabe para dónde disparar. Y es ahí cuando empezás a recordar el que compraste la última vez; el que tomaste en casa de alguien; o lisa y llanamente el que tiene el precio que estabas buscando y que tiene la imagen adecuada para no quedar como un ratón si tenés que llevarlo a una cena o tenés que sacarlo para cuando llegan algunos amigos a casa.
En cuanto a los clientes sucede lo mismo que con nuestra mentada bebida. Están los lectores avezados que no se fijan en la lista de los “más vendidos” y a quienes las editoriales no le pueden vender cualquier verdura. Del otro lado están los “conocedores” a quienes los puntajes de los posta-posta-wine-reviews-master-no sé cuanto no le hacen ni mu. Porque el tipo Sabe Harto. Pero bien, después de estas dos figuritas difíciles vienen los que creen que saben. Son un montón. Pero muchos eh. A este grupo le apuntan todos los cañones de la armada publicitaria. Un fuego amigo se abate sobre ellos para hacerlos sentir que serán muy cultivados leyendo tal autor o degustando tal vino. Son carne de cursos de degustación o talleres literarios. Pero finalmente están los sinceros. Los que dicen “leo a Borges y me conformo con entender el 10% de lo que dice” o “percibo sólo olor a vino pero soy feliz porque lo disfruto con amigos y a veces lo sodeo mal”. Es el grupo de los sinceros sobre los que también la armada marketinera se abate sin piedad. La diferencia está en la autenticidad con que enfrentan el “saber” o “no saber”. Autenticidad, un atributo de un bando y de otro (de producto).
Juan Filloy es un escritor cordobés que vivió en El Imperio (Río Cuarto). Falleció en el 2001 a la edad de 105 años. Según los expertos todavía no ocupa el lugar que debería tener por la riqueza de su obra. Pero lo tendrá, auguran. ¿Qué tiene que ver esto último con el vino? “Filloy se caracterizaba por su vida metódica: se levantaba con el alba; fumó cuatro pipas diarias hasta los 85 años y bebió media botella de vino con cada almuerzo y cada cena (…)” según cuenta Mempo Giardinelli en su reciente libro “Volver a Leer”.
Deben haber tantos títulos de libros como etiquetas de vino. ¿Qué apostamos?
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